Resurrección

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—¿Para qué entró usted? —preguntó el sustituto del fiscal, que, distraído, se dirigió directamente a ella.

—Para arreglarme, y esperar el coche.

—¿Kartinkin estuvo en esa habitación con la acusada?

—Él también entró.

—¿Para qué?

—Había sobrado Fine-Champagne, y lo bebimos juntos.

—¡Ah! Lo bebieron juntos. Muy bien. ¿De qué habló la acusada con Simón?

De pronto, Máslova frunció el ceño, enrojeció como la púrpura y dijo rápidamente:

—¿Qué hablé? No dije nada. Lo que ocurrió ya lo he contado, y no sé nada más. Hagan conmigo lo que quieran. No soy culpable, y eso es todo.

—No tengo nada más que preguntar —dijo el sustituto del fiscal al presidente. Y alzando los hombros con afectación se puso a anotar rápidamente en el extracto de su discurso la declaración de la acusada, que había estado en una habitación con Simón.

Sobrevino un silencio.

—¿Tiene algo que alegar?

—Lo he dicho todo —replicó Máslova, suspiró y tomó asiento.


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