Resurrección

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—Pero ¿cómo resultó que la sortija estaba en su poder?

—La sortija me la regaló.

—¿Cuándo se la dio?

—Cuando llegué con él a la habitación, quería marcharme; él me golpeó la cabeza y me rompió la peineta. Me enfade, y quise irme. Se quitó la sortija del dedo y me la regaló, para que no me fuera —dijo.

En aquel momento, el sustituto del fiscal volvió a incorporarse y, con el mismo aire de fingida ingenuidad, pidió permiso para formular algunas preguntas más. Al otorgarle el permiso, inclinó la cabeza sobre el cuello bordado de la toga, y añadió:

—Desearía saber cuánto tiempo permaneció la acusada en la habitación del comerciante Smelkov.

Otra vez el pánico se había apoderado de Máslova, y con mirada inquieta, pasando del sustituto del fiscal al presidente, contestó apresurada:

—No recuerdo el tiempo que estuve.

—Bueno, ¿y no recuerda la acusada si entró en alguna otra habitación al salir de la del comerciante Smelkov?

Máslova pensó un instante.

—Entré en la habitación de al lado, que estaba vacía.


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