Resurrección
Resurrección —La acusada vio los billetes de cien rublos. No necesito preguntar nada más.
—Bien, llevó usted el dinero —continuó el presidente mirando el reloj.
—Lo llevé.
—¿Y después? —interrogó el presidente.
—Después, él me llevó otra vez consigo —dijo Máslova.
—Bueno, ¿y cómo le dio usted los polvos en la bebida?
—¿Cómo? Se los eché en el coñac, y se los di.
—¿Para qué se los dio?
Máslova, sin responder, suspiró profundamente.
—No querÃa dejarme marchar —dijo, tras un corto silencio—. Estaba harta. Salà al pasillo y le dije a Simón Mijáilovich: «Si por lo menos me dejara marchar, estoy cansada». Simón Mijáilovich me respondió: «También a nosotros nos tiene hartos; podemos darle unos polvos somnÃferos: se dormirá, y entonces podrás marcharte». Le repliqué: «Está bien». Creà que no eran perjudiciales. Simón me dio un papelito con los polvos. Entré, él estaba tumbado en la cama y enseguida me dijo que le sirviera coñac. Cogà de la mesa una botella de Fine-Champagne, escancié en dos vasos —para mà y para él— y en su vaso eché los polvos, y se lo di. ¿Acaso se lo hubiese dado de haber sabido lo que era?