La Bastarda
La Bastarda ―¿Tú también odias tus trenzas? ―pregunta Linda, mientras ríe con una flor en el pelo.
En ese rincón secreto, las palabras fluyen como un río nuevo. Las confesiones se mezclan con el sonido de las hojas. Okomo escucha, aprende, siente. Descubre que no está sola. Que su deseo no es una maldición. Que tal vez, solo tal vez, pueda amar como quiere y a quien quiere.
El vínculo se fortalece con cada encuentro. Se convierten en cómplices, en hermanas. Pero la sombra del clan es larga. Marcelo ha desaparecido. Su casa ha sido quemada. El castigo ha caído como relámpago sobre quienes se atreven a romper las reglas. Restituta fue expulsada como prostituta. Marcelo, desterrado, se ha refugiado en el bosque de Otosia.
Dina entrega a Okomo una carta. La tinta tiembla en las palabras:
―Querida hija. El pueblo me ha condenado. Pero tú eres mi fuerza. Ven a verme. Solo tú puedes encontrarme. Solo tú puedes escuchar la verdad.
Okomo, temblando, siente que algo se quiebra y algo nace. Su tío ya no es solo el “hombre-mujer”. Es su espejo. Su raíz. Su posibilidad.
Mientras el mundo se derrumba a su alrededor, Okomo decide que no volverá a vivir de rodillas. El bosque la llama. Y el eco de las voces que nunca fueron escuchadas empieza a crecer dentro de ella.