La Bastarda
La Bastarda La decisión está tomada: no volverán. Ya no hay lugar para ellas en un mundo donde sus cuerpos se negocian y sus nombres se borran. En la aldea, su ausencia se convierte en escándalo. El consejo de ancianos convoca reuniones. Se buscan culpables, se piden castigos ejemplares. Pero las chicas no están. Están más allá.
Marcelo observa cómo crece ese pequeño clan de fugitivas. Las cuida, pero no las dirige. Les da espacio para ser. Y eso, en su tierra, es una revolución.
Un día, Pilar se acerca a Okomo mientras recolectan yuca:
—¿Crees que algún día entenderán lo que hacemos?
—No importa. Ya no lo hacemos para ellos —responde, firme.
Las noches en el bosque se llenan de historias. De risas. De besos. De planes. No hay miedo de quedarse embarazadas, de ser golpeadas, de ser vendidas. No hay necesidad de esconder la ternura.
Pero la historia no puede cerrarse sin enfrentamiento.
Un grupo de hombres armados con machetes entra en la selva. Vienen por ellas. Vienen por Marcelo. Vienen a restaurar “el orden”. Las chicas lo saben. Se preparan. No con armas, sino con decisión.