La Bastarda
La Bastarda —Entonces no lo hagas. Eres tuya —responde Marcelo.
Esa frase, tan simple, tan imposible, se convierte en un pacto. En la nueva ley del pequeño refugio en la selva. Ya no son niñas bastardas. No son hijas de nadie. Se pertenecen a sà mismas.
Pero no todo es paz. La sombra del clan se cierne como un murmullo constante. Las amenazas no han cesado. Los rumores cruzan la aldea: dicen que las muchachas han caÃdo bajo el embrujo del hombre-mujer. Que hacen orgÃas en el bosque. Que invocan espÃritus.
El miedo de ser descubiertas acecha. Pero también las fortalece. Unidas, aprenden a resistir. Se reparten tareas, crean señales, vigilan los senderos. En la intimidad de las noches compartidas, se aman con una ternura que no pide permiso.
Linda, la más atrevida, propone un plan:
—PodrÃamos irnos más lejos. Empezar de nuevo. Ser como Marcelo, pero juntas.
Okomo asiente. Por primera vez en su vida, no duda. Ya no es la nieta que corta uñas ni la bastarda que baja la cabeza. Es una mujer que elige. Y ha elegido no regresar.
El bosque se convierte en territorio de exiliadas voluntarias. En ese rincón del mundo sin padres ni esposos, las bastardas deciden escribir su propia historia. Una historia sin permiso.