La Bastarda
La Bastarda Okomo obedece, pero con el estómago apretado. Marcelo vive en una casa apartada, junto a Restituta, una mujer que camina con una sola pierna y que, dicen, tiene demasiados visitantes masculinos. Cuando ella llega, la recibe con ternura. Marcelo la abraza, le sonríe, le acaricia las manos. Es el único adulto que no le habla con gritos o amenazas.
—¿Sabes lo que quieren de mí? —le pregunta Marcelo, mirándola con una mezcla de rabia y resignación—. Quieren que use mi “miembro” como si fuera una herramienta del clan. Pero no puedo. No quiero.
Restituta interviene, casi con burla: —Quieren su semilla. No su amor, no su vida. Solo lo que cuelga entre sus piernas.
Okomo no sabe qué responder. Siente que hay algo más, algo que flota en el aire, un secreto apenas contenido. Su tío le da comida, le habla de su madre y le jura que la ama. Pero cuando ella pregunta por su padre, él guarda silencio. Siempre lo hace.
Al volver a casa, su abuela la espera con una mezcla de furia y miedo. Dice que Marcelo es la causa de todos los males del pueblo: la esterilidad de los campos, la escasez de lluvias, las enfermedades. Todo es culpa del hombre-mujer que no honra a los muertos, que quemó a su padre en España y trajo las cenizas en un tarro.
