La Bastarda
La Bastarda En la casa, los cuchillos vuelan en forma de palabras. La abuela lanza insultos, la segunda esposa responde con amenazas. La noche se llena de gritos, de acusaciones sobre quién permitió que Okomo creciera tan cerca de la podredumbre.
Mientras los adultos se devoran entre sí, la niña bastarda sobrevive en silencio, recogiendo trozos de verdad como si fueran migas. En el pueblo, las cosas no son mejores. Las miradas la persiguen, los murmullos crecen. Todos saben que visitó a Marcelo. Todos saben que algo raro se cocina en esa casa.
Una mañana, la abuela la lleva a una taberna y le ordena llamar “Papá” a un hombre cualquiera.
—No es tu padre, pero podría ser. Eres hija de una mujer sin dote, así que todos los hombres lo son.
Okomo se siente como una piedra arrojada al barro. No entiende nada, pero ya ha aprendido a fingir. A bajar la cabeza. A sobrevivir sin hacer olas. Hasta que una carta, una mirada, una historia mal contada despiertan su hambre por la verdad.
Cuando su abuela la lleva a una curandera para comprar una poción que recupere el deseo de Osá —una mezcla de sangre menstrual y hierbas—, Okomo ya no puede más. Se pregunta: ¿qué tiene de sagrado esta tradición que obliga a las mujeres a mendigar atención con brujería? ¿Qué hay de honorable en un sistema donde las niñas sirven a los hombres como ofrendas?
