Stalin
Stalin «Debemos estimar el apoyo de los partidos no proletarios —acostumbraba a repetir Plejanov durante los años de la primera Revolución—, y no apartarlos de nosotros por un trato inadecuado.» Con tal monótonas máximas, el filósofo del marxismo demostraba ser incapaz de comprender la dinámica viva de la sociedad. «La falta de tacto» podría alejar a algún que otro intelectual supersensible. Pero las clases y los partidos son atraídos o repelidos por sus intereses sociales. «Puede decirse con seguridad —replicaba Lenin a Plejanov— que los liberales entre los hacendados os perdonarán millones de “faltas de tacto”, pero nunca olvidarán cualquier incitación a arrebatarles sus tierras.» Y no sólo los terratenientes; también la capa superior de la burguesía, ligada a los hacendados del campo por identidad de intereses de propiedad y todavía más íntimamente por el sistema bancario, del mismo modo que la capa superior de la pequeña burguesía y de los intelectuales, material y moralmente subordinados a los proletarios grandes y medianos, temían el movimiento independiente de las masas. Pero si se quería derribar al zarismo era necesario levantar docenas y más docenas de millones de oprimidos para una arremetida revolucionaria heroica, abnegada, inflexible, suprema. Las masas podían ser inducidas a este asalto sólo bajo la bandera de sus propios intereses; esto es, con el ánimo de implacable hostilidad hacia las clases explotadoras y, en primer lugar, hacia los terratenientes. El «sobresalto» de la burguesía de oposición que le inducía a apartarse de los campesinos y obreros revolucionarios era, pues, la ley inmanente de la revolución misma, y no podía prevenirse por «tacto» ni diplomacia.