Stalin
Stalin Cada nuevo mes confirmaba el concepto de Lenin sobre el liberalismo. A pesar de las más halagüeñas esperanzas de los mencheviques, los cadetes no sólo se abstenían de hacer ademán alguno de dirigir la revolución «burguesa», sino que, por el contrario, estaban cada vez más persuadidos de su misión histórica de combatirla. Después de la aplastante derrota de la insurrección de diciembre, los liberales, que gracias a la efímera Duma hicieron su salida a las candilejas de la política, se esforzaron cuanto pudieron por explicar a la monarquía su insuficiente actividad contrarrevolucionaria en el otoño de 1905, cuando los más sagrados puntales de la «cultura» estaban en peligro. El jefe de los liberales, Milukov, que llevó unas negociaciones sub rosa en el Palacio de Invierno, sostenía muy lacónicamente en la Prensa que a fines de 1905 los cadetes aún no podían siquiera presentarse ante las masas. «Aquellos que ahora censuran al partido “cadete” —escribía— por no protestar entonces, convocando mítines, contra las ilusiones revolucionarias del trotskismo..., lo hacen simplemente porque no entienden o no recuerdan las tendencias que entonces prevalecían entre el público democrático que acudía a tales mítines.» Por «ilusiones del trotskismo» significaba el jefe liberal la política independiente del proletariado, que atraía hacia los Soviets las simpatías de las clases modestas de las ciudades, de los soldados, los campesinos y todos los oprimidos, apartándolos así de la sociedad «cultivada». La evolución de los mencheviques se efectuó de modo semejante. De vez en cuando se sentían obligados a exculparse ante los liberales por haberse visto en un mismo bloque con Trotsky, después de octubre de 1905. Las explicaciones de aquel culto publicista de los mencheviques, Martov, se reducían a admitir que era necesario hacer concesiones a las «ilusiones revolucionarias» de las masas.