Stalin

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Poco después de su salida del Seminario, Koba estuvo desempeñando un puesto de tenedor de libros o algo parecido en el Observatorio de Tiflis. A pesar de su «mísero salario», le gustaba aquella ocupación, según nos informa Iremashvili, porque le dejaba mucho tiempo libre para actividades revolucionarias. «Para él, lo menos importante era su personal bienestar.» Nada pedía a la vida, pues le parecía incompatible toda exigencia con los principios socialistas. Tenía integridad suficiente para hacer sacrificios por su ideal. Koba era fiel al voto de pobreza que hacen sin ostentación ni ruido todos los jóvenes que se alistan en la clandestinidad revolucionaria. Además, a diferencia de muchos otros que así proceden, estaba acostumbrado a carecer de comodidades desde niño. «Le visité varias veces en su cuartucho pobre y mal amueblado de la Mijailovskaya —relata el insustituible segundo Soso—. A diario vestía Koba una sencilla blusa negra y la corbata negra que entonces era distintivo de todos los socialdemócratas. En el invierno se echaba por encima una vieja capa parda. A la cabeza nunca llevó otra cosa que la gorra rusa de visera. Aunque al dejar Koba el Seminario no estaba en muy buenos términos con la mayoría de los jóvenes marxistas del mismo, de vez en cuando hacían éstos una colecta, a pesar de todo, para aliviarle en sus apuros.» Barbusse nos entera de que en 1900, esto es, un año después de abandonar el Seminario, José se encontró totalmente sin recursos: «Sus camaradas le procuraron medios para adquirir alimentos.» Los documentos policíacos indican que Koba siguió empleado en el Observatorio hasta marzo de 1901, en que se vio obligado a ocultarse. Su empleo, como hemos oído, apenas le rendía lo suficiente para subsistir. «... Su sueldo apenas le alcanzaba para vestir con decencia —sigue diciendo Iremashvili—. Pero es lo cierto que él tampoco hacía nada por llevar la ropa por lo menos limpia y arreglada. Nunca se le podía ver sino con una blusa sucia y las botas sin cepillar. Detestaba desde el fondo de su corazón todo cuanto le pudiese recordar al burgués.» La blusa sucia, las botas sin cepillar, el pelo revuelto eran también características generales de todos los jóvenes agitadores, especialmente en las provincias.


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