Stalin
Stalin Aun en aquellos primeros tiempos, Koba no vacilaba en enfrentar unos con otros a sus adversarios, en calumniarlos y en urdir intrigas contra todo aquel que, en algún sentido, pareciese superior a él o pudiese ser un obstáculo a su avance. La falta de dio pábulo a una atmósfera escrúpulos morales del joven Stalin dio sospecha y de rumores siniestros sobre él. Mucho de lo que para nada le afectaba, comenzaba a serle achacado. El socialista revolucionario Vereschak, que estuvo en estrecho contacto con Stalin en la cárcel, refirió en la Prensa de los emigrados, en 1928, que, al parecer, después de ser expulsado José Djugashvili del Seminario, el director recibió de él una denuncia relativa a un antiguo camarada de su grupo revolucionario. Cuando José fue obligado a responder de esta acusación ante la organización de Tiflis, parece ser que no sólo confesó haber sido el autor de la denuncia, sino que consideró aquello como algo meritorio; así, en vez de transformarse en popes y maestros, los expulsados se verían obligados a ser, según sus argumentos, agitadores activos. Todo este episodio, calcado por ciertos biógrafos crédulos, tiene todas las trazas de una invención. Una organización revolucionaria sólo puede mantener su existencia siendo inexorable con cuanto se refiera lo más mínimo a indicios de denuncia, provocación o traición. La más leve indulgencia en esa esfera, supone para ella el principio de la gangrena. Si Soso hubiera resultado culpable de recurrir a tales medios, mezcla de una parte de Maquiavelo con dos partes de Judas, es absolutamente inadmisible que el Partido hubiese tolerado en sus filas un momento más. Iremashvili, que por entonces pertenecía al mismo círculo seminarista que Koba, nada sabe de tal episodio. Él, por su parte, consiguió graduarse y se hizo maestro. Ahora bien, no es un simple accidente que un invento tan ruin se relacione con el nombre de Stalin. Nada semejante se ha rumoreado a propósito de ninguno de los otros revolucionarios antiguos.