Stalin
Stalin Los revolucionarios profesionales creían cuanto predicaban. Podían no haber tenido otro incentivo para emprender la ruta del Calvario. La solidaridad bajo la persecución no era una palabra vacía, y aumentaba su valor el desprecio hacia la cobardía y la deserción. «Dando vueltas en mi mente al sinnúmero de camaradas a quienes tuve ocasión de conocer —escribe Eugenia Levisstkaya, refiriéndose a la organización clandestina de Odesa de 1901 a 1907—, no acierto a recordar ni un solo hecho reprensible o despreciable, ni una sola decepción o mentira. Había rozamientos, diferencias faccionales de opinión; pero esto era todo. En cierta medida, cada cual se vigilaba moralmente, se hacía mejor y más tratable en aquella familia de afectos.» Odesa no era una excepción, naturalmente. Los jóvenes y las jóvenes que se entregaban por entero al movimiento revolucionario, sin pedir nada en cambio, no eran los peores representantes de su generación, La Orden de los «revolucionarios profesionales» no sale perdiendo en nada al compararla con cualquier otro grupo social.