Stalin
Stalin El aspecto negativo de las tendencias centrípetas del bolchevismo se pusieron por primera vez de relieve en el tercer Congreso de la socialdemocracia rusa. Los hábitos peculiares de una máquina política se iban ya formando en la clandestinidad. Ya iba surgiendo como tipo el joven burócrata revolucionario. Las condiciones de conspiración, es cierto, ofrecían escaso margen, para formalidades democráticas tales como electividad, responsabilidad y control. Pero no cabe duda de que los hombres del Comité restringieron estas limitaciones mucho más de lo necesario, y eran más intransigentes y severos con los trabajadores revolucionarios que con ellos mismos, prefiriendo imponer su voluntad aun en aquellas ocasiones que requerían prestar atento oído a la voz de las masas. Krupskaia observa que, como en los Comités bolcheviques, tampoco en el mismo Congreso hubo apenas delegados obreros. Los intelectuales predominaban. El «hombre de Comité —escribía Krupskaia— solía ser persona presumida; estaba poseído de la enorme influencia que las actividades del Comité ejercían sobre las masas; por regla general, al «hombre de Comité» no reconocía democracia alguna dentro del Partido; intrínsecamente, sentía desdén por el «centro extranjero», que rabiaba y gritaba y armaba trifulcas: «debería probar las condiciones del trabajo en Rusia para variar...». Al mismo tiempo, no era partidario de innovaciones: el “hombre de Comité” no deseaba adaptarse, ni sabía cómo hacerlo, a situaciones que cambiaban rápidamente». Esta concisa, pero expresiva caracterización ayuda muchísimo a comprender la psicología política de Stalin, pues él era el «hombre de Comité» por antonomasia. Ya en 1901, al comienzo de su carrera revolucionaria en Tiflis, se opuso a que entraran trabajadores en su Comité. Como «práctico» (esto es, como empirista político), reaccionaba con indiferencia, y luego con desdén, frente a los emigrados, frente al «centro extranjero». Desprovisto de cualidades personales para influir directamente en las masas, se aferraba con redoblada tenacidad a la máquina política. El jefe de su universo era su Comité (el de Tiflis, el de Bakú, el caucásico, antes de llegar a ser el Comité Central). Con el tiempo, su ciega lealtad a la máquina del Partido habría de desarrollarse con extraordinaria fuerza; el hombre de Comité se hizo hombre supermáquina, secretario general del Partido, genuina representación de la burocracia e incomparable director de ella.