Stalin
Stalin Muchos de los hombres del Comité resultaron cortos de talla para el período de mítines interminables, huelgas tumultuosas, manifestaciones callejeras. Los agitadores tenían que arengar a las multitudes en la plaza pública, escribir repentizando, tomar graves decisiones en el momento mismo. Ninguna de las tres cosas puede contarse entre las aptitudes de Stalin; su voz es tan débil como su imaginación; el don de improvisar es ajeno a este pensador de torpe mente, que avanza a tientas. Otras luminarias mucho más brillantes apagaron sus modestas luces en el firmamento caucásico. Por eso contempló la Revolución con envidiosa alarma, y casi con hostilidad; no era su elemento. «Continuamente —escribe Yenikidze—, además de ir a mitines y atender un montón de asuntos en los locales del Partido, pasaba las horas sentado en su pequeño cubil, lleno de libros y periódicos, o en la redacción, igualmente “espaciosa”, del periódico bolchevique.» Basta evocar por un momento el torbellino del «año loco» y recordar la grandeza de su patetismo, para valorar debidamente este retrato de un joven solitario y ambicioso, que se encerraba, pluma en ristre, en un cuartucho (que seguramente tampoco estaría excesivamente aseado), entregado a la estéril búsqueda de la frase esquiva que en cierta tenue medida pudiera estar a tono con el momento.