Stalin

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En la médula del programa del Congreso estaba la cuestión agraria. El movimiento campesino había sorprendido al Partido virtualmente dormitando. El viejo programa agrario, que apenas había hecho intrusiones en las grandes propiedades, se vino abajo. La confiscación de las tierras de los hacendados se hacía inminente. Los mencheviques estaban luchando por la «municipalización», esto es, la transferencia de la tierra a las manos de los órganos democráticos de la administración local autónoma. Lenin se pronunciaba por la nacionalización de la tierra, pero Stalin recomendaba no fiarse del futuro Gobierno central ni armarle con las heredades del pueblo. «Esa república —decía— con que Lenin ha soñado, una vez establecida no se mantendría para siempre. No podemos obrar a base de que en un próximo futuro se ha de establecer en Rusia la misma clase de orden democrático que en Suiza, en Inglaterra y en Estados Unidos. Considerando las posibilidades de restauración, la nacionalización es peligrosa...» ¡Así de circunspectas y modestas eran las expectativas del fundador del marxismo rojo! En su opinión, la transferencia de la tierra a las manos del Estado sólo hubiera sido admisible en el caso de que el Estado mismo perteneciese a los trabajadores. «...La apropiación del Poder nos hace falta —decía Plejanov— cuando estamos haciendo una revolución proletaria. Pero como la revolución inminente ahora sólo puede ser pequeñoburguesa, estamos obligados a renunciar a la toma del Poder.» Plejanov subordinaba la cuestión de la lucha por el Poder (y aquello era el talón de Aquiles de su estrategia doctrinal) a una definición o más bien a una nomenclatura sociológica a priori de la revolución, y no a la correlación real de sus fuerzas inherentes.


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