Stalin

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La pugna se había decidido al aplastarse la sublevación de Moscú. Por entonces, los trabajadores de San Petersburgo, agotados por las luchas y los cierres de fábricas anteriores, se tenían ya en actitud pasiva. Pacificado Moscú fueron luego sofocadas las rebeliones de Transcaucasia, de la región transbáltica y de Siberia. La reacción volvía por sus fueros. Los bolcheviques se resistían, sin embargo, a reconocerlo así, tanto más cuanto que el oleaje tardío del temporal aún se agitaba en medio del general reflujo. Todos los partidos revolucionarios estaban resueltos a creer que la novena ola estaba a punto de romper. Cuando algunos de los más escépticos seguidores de Lenin le sugirieron la posibilidad de que la reacción se hubiese afirmado, respondió: «¡Seré el último en admitirlos!» Los latidos de la Revolución rusa seguían teniendo aún su expresión más patética en huelgas obreras, eterno método básico de movilizar a las masas. El número de huelguistas bajó de cerca de tres millones en 1905 a alrededor de un millón en 1906; la aguda regresión no podía ser más patente.






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