Stalin

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Como es natural, no se trataba de una cuestión de moralidad abstracta. Todas las clases y todos los partidos examinan el problema del asesinato no desde el punto de vista del mandamiento bíblico, sino desde el punto de vista de la conveniencia de los intereses históricos en juego. Cuando el Papa y sus cardenales bendecían las armas de Franco, ninguno de los Gobernantes conservadores sugirió la idea de encarcelarlos por incitar al homicidio. Los moralistas oficiales se alzan contra la violencia cuando ésta es revolucionaria. En cambio, quienquiera que luche efectivamente contra la opresión de clase tiene que reconocer por fuerza la revolución. Y quien reconoce la revolución reconoce la guerra civil. Por último, «la guerra de guerrillas es una ineludible forma de lucha... Siempre que transcurran más o menos largos intervalos entre encuentros de más volumen de una guerra civil» [Lenin]. Desde el punto de vista de los principios generales de la lucha de clases, todo esto era completamente irrefutable. Las divergencias vinieron con la evaluación de Circunstancias históricas concretas. Cuando entre dos batallas importantes de la guerra civil transcurren dos o tres meses, ese intervalo tiene que colmarse con actuación de guerrillas contra el enemigo. Pero si la «pausa» se prolonga años enteros, entonces la guerra de guerrillas deja de ser una preparación para la batalla, y se convierte en una simple convulsión consecutiva a la derrota. No es fácil, ciertamente, determinar el momento de la ruptura.


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