Stalin
Stalin El escritor alemán Emil Ludwing, retratista de corte de nuestra época, encontró en el Kremlin una ocasión más de aplicar su método de hacer preguntas capciosas en que se asocia una moderada perspicacia a la sagacidad política. «¿Le gusta la Naturaleza, signor Mussolini?» «¿Qué opina usted de Schopenhauer, doctor Masaryk?» «¿Cree usted en un futuro mejor, Mr. Roosevelt?» Durante una de estas inquisiciones verbales, Stalin, desasosegado en presencia del famoso extranjero, dibuja asiduamente florecillas y barquitos con un lápiz de color. Al menos así lo refiere Ludwig. Acerca del brazo lisiado de Wilhelm Hohenzollern, este escritor ha construido una biografía psicoanalítica del ex káiser, que el viejo Freud contempló con irónica perplejidad. Ludwig no se fijó en el brazo impedido de Stalin, y no hay que decir que también los dedos soldados se le pasaron inadvertidos. Sin embargo, trató de deducir la carrera revolucionaria del señor del Kremlin a base de las tundas que durante la niñez le administró su padre. Después de familiarizarse con las memorias de Iremashvili, no es difícil comprender de dónde extrajo Ludwig su idea. «¿Qué le hizo a usted rebelde? ¿Se debió a que sus padres le trataron mal?» Sería más bien imprudente asignar a estas palabras ningún valor documental, y no sólo porque las afirmaciones y negaciones de Stalin, como tendremos frecuente ocasión de ver, tienden a variar con la máxima facilidad. En circunstancias análogas, cualquiera hubiese podido proceder de igual modo. En todo caso, no es posible reprochar a Stalin que haya rehusado quejarse en público de su padre, muerto ya hacía muchos años. Lo que sorprende es semejante falta de tacto en un escritor tan respetuoso.