Stalin

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En el destierro, como en la cárcel, los grandes acontecimientos parecen particularmente increíbles. Según Shumyatsky, «las noticias de la guerra asombraban a nuestros hombres, algunos de los cuales tomaron notas sumamente erróneas...» «Las tendencias defensistas tenían muchos partidarios entre los deportados; todo el mundo andaba desorientado», escribe Gaven. No era de extrañar: incluso en San Petersburgo, recientemente convertido, en Petrogrado, los revolucionarios no estaban muy seguros de sí mismos. «Pero la autoridad de Stalin entre los bolcheviques era tan grande —declara Schweitzer—, que su primera carta a los deportados puso fin a todas sus dudas y afirmó a los vacilantes.» ¿Adónde ha ido aquella carta? Tales documentos se copiaban al pasar de mano en mano, circulando por todas las colonias de desterrados. No es posible que se perdieran todas las copias; las que cayeron en manos de la policía han debido hallarse en sus archivos. Si la «carta» histórica de Stalin no aparece, es sencillamente porque no se escribió nunca. A pesar de toda su vulgaridad, el testimonio de Schweitzer es un trágico documento humano. Escribió esta camarada sus Memorias en 1937, veinte años después de los sucesos, por encargo imperioso. La colaboración política que se vio obligada a prestar a Stalin correspondía en realidad, aunque en escala más modesta, a su marido, el indomable Spandaryan, muerto en el destierro en 1916. Naturalmente, Schweitzer sabe de sobra lo que ocurrió. Pero el mecanismo de la falsificación trabajaba de manera automática.


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