Stalin

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Más ajustadas a los hechos son las Memorias de Shumyatsky, publicadas unos trece años antes del artículo de Schweitzer. Shumyatsky atribuía la parte directiva en la lucha con los patrioteros a Spandaryan. «Fue uno de los primeros en adoptar una posición inflexible de “derrotismo”, y en las raras reuniones de los camaradas apostrofaba sarcásticamente a los social-patriotistas...» Incluso en la edición de mucho después, Shumyatsky, caracterizando la general confusión de ideas, conservó la frase: «El difunto Spandaryan vio la cuestión clara y distintamente...» Los otros, por lo que se deduce, no la vieron con tanta claridad. Cierto es que Shumyatsky, que nunca estuvo en Kureika, se apresuraba a añadir que «Stalin, completamente aislado en su covacha, sin la menor vacilación se ajustó a una línea derrotista», y que las cartas de Stalin «apoyaron a Suren en su lucha contra los adversarios». Pero la veracidad de esta inserción, que tiende a asegurar a Stalin el segundo lugar entre los «derrotistas», se debilita considerablemente al decir el mismo Shumyatsky: «Sólo hacia fines de 1914 y principios de 1915, después de haber podido ir Stalin a Monastyrskoye para ayudar a Spandaryan, dejó de ser éste objeto de los ataques de posición.» ¿Es que Stalin adoptó abiertamente su posición internacionalista sólo después de hablar con Spandaryan, y no desde el principio de la guerra? En su intento de enmascarar el prolongado silencio de Stalin, pero en realidad subrayándolo más que nunca, Shumyatsky eliminó en la nueva edición toda referencia al hecho de que la visita de Stalin a Monastyrskoye ocurrió «sólo hacia fines de 1914 y principios de 1915». De hecho, el viaje fue a fines de febrero de 1915, cuando merced a la experiencia de siete meses de guerra, no sólo los vacilantes, sino también muchos activos «patrioteros», habían acertado a librarse de los efectos del narcótico. En realidad, no podía haber sido de otra manera. Los dirigentes bolcheviques de San Petersburgo, Moscú y las provincias, acogieron las tesis de Lenin con perplejidad y alarma. Ni uno solo las aceptó en su integridad. Por consiguiente, no había el menor motivo para que la mente de Stalin, lenta y cautelosa, llegase por sí sola a las conclusiones que significaban una completa subversión en el movimiento obrero.


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