Stalin
Stalin En la primera edición de sus Memorias, Shumyatsky escribía: «La administración de la región se dio cuenta de que Suren Spandaryan era el más activo de los revolucionarios, y le consideraba el líder de todos.» En una edición posterior, se suprimió esta frase para incluir a dos personas: Sverdlov y Spandaryan. El agente Kibirov, con quien al parecer entabló Stalin relaciones amistosas, hacía objeto de una vigilancia insistente a Spandaryan y a Sverdlov, considerándolos «los cabecillas de todos los deportados». Perdido por un momento el hilo oficial, Shumyatsky se olvidó por completo de mencionar a Stalin en tal calidad. La razón no es difícil de comprender. El nivel general de los deportados en Turujansk era considerablemente superior al promedio. Allí se encontraban a la vez los hombres que constituían el núcleo esencial del centro ruso: Kamenev, Stalin, Spandaryan, Sverdlov, Goloschekin y varios otros bolcheviques destacados. No había máquina política alguna en el destierro, y era imposible dirigir desde el anónimo, tirando de las cuerdas detrás de la cortina. Todos estaban bien a la vista de los otros. La astucia, la firmeza y la persistencia no bastaban para ganar a aquella gente tan experimentada: había que ser culto, pensador independiente y polemista experto. Spandaryan, al parecer, se distinguía por el superior atrevimiento de sus ideas, Kamenev por su más amplia preparación escolar y universalidad de criterio, Sverdlov por su grande actividad, iniciativa y flexibilidad. Por eso Stalin se «reconcentró en sí mismo», limitándose a observaciones monosilábicas, que Shumyastky se acordó de tildarlas de «agudas» sólo en una posterior edición de su trabajo.