Stalin

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Stalin no perdió su voz, pues no pronunció discursos. Había muchos otros, oradores expertos, entre ellos el diminuto Sverdlov, con su potente voz de bajo. Stalin permanecía al margen, adusto, alarmado por el desbordamiento de la naturaleza de la manera verbal, y malévolo, como de costumbre. Otra vez le daban de lado las personas de calibre muy inferior. Ya contaba con una historial de casi una veintena de años de actividad revolucionaria, entrecortado por detenciones inevitables y reanudado al huir una y otra vez. Casi diez años habían pasado desde que Koba abandonara «la ciénaga estancada» de Tiflis por la industrial Bakú. Había trabajado en la capital de la industria petrolífera unos ocho meses, había pasado alrededor de seis meses en la cárcel de Bakú, y otros nueve en el destierro de Vologda. Un mes de actividad ilegal le valió dos meses de castigo. Después de huir, había vuelto al trabajo clandestino cerca de nueve meses, seguidos de seis meses de encierro y nueve de deportación, una proporción algo más favorable. Al final del destierro, menos de dos meses de trabajo ilegal, casi tres meses de cárcel, otros dos de confinamiento en la provincia de Vologda: dos meses y medio de castigo por cada mes de actividad. Dos meses más de clandestinidad, casi cuatro de prisión y destierro. Otra fuga. Más de medio año de labor revolucionaria, y luego, otra vez el presidio y el destierro, del que sólo le libró la Revolución de febrero: cuatro años. En resumen, de sus diecinueve años de participación en el movimiento revolucionario, pasó dos años y nueve meses deportado. No era mala proporción; la mayoría de los revolucionarios profesionales pasaron en las cárceles períodos mucho más largos.


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