Stalin
Stalin El 8 de agosto, el Comité Central emprendió una vigorosa campaña contra la Conferencia del Gobierno convocada por Kerensky en Moscú, y descaradamente amañada en provecho de la burguesía. La Conferencia se inauguró el 12 de agosto bajo la tensión de la huelga general que traducía la protesta de los trabajadores de Moscú. Al no ser admitidos en la Conferencia, los bolcheviques encontraron un medio más eficaz de exhibir su fuerza. La burguesía estaba asustada y furiosa. Habiéndose rendido Riga a los alemanes el 21, el comandante en jefe, Kornilov, inició su marcha sobre Petrogrado el 25, con el propósito de instaurar una dictadura personal. Kerensky, que se había equivocado en sus cálculos respecto a Kornilov, declaró al comandante en jefe «traidor a la patria». Incluso en aquel momento crítico, el 27 de agosto, Stalin no compareció en el Comité Ejecutivo Central del Soviet. Sokolnikov se presentó allí en nombre de los bolcheviques. Hizo constar que los bolcheviques estaban dispuestos a tratar de las medidas militares procedentes con los órganos de la mayoría del Soviet. Los mencheviques y los essars aceptaron la oferta, dando las gracias y rechinando los dientes, porque los soldados y los trabajadores seguían ahora a los bolcheviques. La rápida e incruenta liquidación del motín de Kornilov restauraron por completo el Poder que los Soviets habían perdido parcialmente en julio. Los bolcheviques volvieron a exhibir la consigna de «Todo el Poder para los Soviets». En la Prensa, Lenin propuso un arreglo a los transaccionistas: que los Soviets se incautasen del Poder y garantizasen completa libertad de propaganda, y los bolcheviques se mantendrían en absoluto dentro de la legalidad soviética. Los transaccionistas, belicosos, rehusaron pactar con los bolcheviques, y siguieron buscando sus aliados en la derecha.