Stalin

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Habiendo comenzado mal en marzo, sin enmendarse en abril, Stalin se quedó tras la cortina durante todo el año de la Revolución. Nunca conoció la frecuentación directa de las masas, ni se sintió responsable de la suerte de aquéllas. En ciertos momentos fue jefe de Estado Mayor, pero nunca comandante en jefe de la Revolución. Dado a conservar su tranquilidad, aguardaba a que otros tomasen la iniciativa, apuntaba sus debilidades y errores, y él iba a la zaga de los acontecimientos. Tenía que contar con cierta estabilidad de relaciones y mucho tiempo por delante para triunfar. La revolución le dejó sin ambas cosas.

Como nunca se vio forzado a analizar los problemas de la Revolución con aquella presión mental que engendra sólo el sentido de responsabilidad inmediata y directa, Stalin no llegó a adquirir un concepto íntimo de la lógica inherente a la Revolución de octubre. Por eso sus recuerdos de ella son tan empíricos, dispersos y faltos de coordinación, tan contradictorios sus juicios de última hora sobre la estrategia revolucionaria, y tan monstruosos sus errores en varias revoluciones contemporáneas (Alemania, China, España). En verdad, la Revolución no es el elemento de este antiguo «revolucionario profesional».



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