Stalin
Stalin Pero lo más asombroso es la circunstancia de que la madre de Stalin, en la última etapa de su vida, cuando los historiadores oficiales y los periodistas empezaron a interesarse por ella, negó categóricamente que hubiese habido tal expulsión. Cuando entró en el Seminario el muchacho de quince años, era notable, según dice la madre, por su excelente salud; pero el afán con que estudiaba llegó a agotarle al extremo de que los médicos temieron que enfermara de tuberculosis. Ekaterina añadía que su hijo no deseaba dejar el Seminario, y que ella «se le llevó» contra su voluntad. Esto no es muy verosímil. Por mala salud pudo interrumpir sus estudios una temporada, sin abandonar definitivamente la escuela ni renunciar a una carrera que colmaba las esperanzas de su madre. Además, en 1899, tenía José ya veinte años, no se distinguía por su docilidad, y es difícil que su madre pudiese intervenir en su destino de un modo tan sencillo. Finalmente, después de salir del Seminario, José no volvió a Gori a guarecerse bajo las alas protectoras de su madre, lo que hubiera sido natural de haber estado realmente enfermo, sino que se quedó en Tiflis, sin ocupación ni recursos. La vieja Keke no dijo toda la verdad cuando habló con los periodistas. Puede suponerse que por entonces la madre consideraba la expulsión de su hijo como una gran desgracia para ella misma, y como el suceso había ocurrido en Tiflis, ella había asegurado a sus vecinos de Gori que su hijo no fue expulsado, sino que salió voluntariamente del Seminario a causa de su estado de salud. Además, la anciana debió pensar que no era decoroso para «el director» del Estado el hecho de que le expulsaran de una escuela en su juventud. Casi no hace falta buscar otras razones más recónditas para la persistencia con que Keke repetía: «No lo expulsaron; me lo llevé yo misma.»