Stalin

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Políticamente, Stalin y yo hemos estado mucho tiempo en campos opuestos e irreconciliables. Pero en ciertos círculos se ha hecho cosa corriente hablar de mi «odio» a Stalin y suponer a priori que todo lo que yo escribía, no sólo acerca del dictador moscovita, sino de la U.R.S.S. también, está inspirado por tal sentimiento. Durante mi actual destierro de más de diez años, los agentes literarios del Kremlin se han excusado sistemáticamente de la necesidad de contestar en forma adecuada a lo que escribo sobre la Unión Soviética, aludiendo con habilidad a mi «odio» a Stalin. El difunto Freud no tenía en la menor estima este género barato de psicoanálisis. El odio es, después de todo, una especie de vínculo personal. Pero Stalin y yo hemos estado separados por sucesos tan terribles, que han consumido en llamas y reducido a cenizas todo lo personal, sin dejar el menor residuo. En el odio hay cierto elemento de envidia. Ahora bien, para mí, pienso y siento que la exaltación sin precedentes de Stalin representa el hundimiento más profundo. Stalin es mi enemigo. Pero también Hitler lo es, y Mussolini, y otros muchos. Hoy alimento tan poco odio hacia Stalin como hacia Hitler, Franco o el Mikado. Por encima de todo trate, de comprenderlos, a fin de estar mejor pertrechado para combatirlos. En términos generales, cuando se trata de asuntos de importancia histórica, el odio personal es un sentimiento minúsculo y despreciable. No solamente degrada, sino que ciega. Pero a la luz de acontecimientos recientes en el palenque mundial y en la U.R.S.S., incluso muchos de mis adversarios están ya convencidos de que yo no estaba tan ciego; aquellas de mis predicciones que parecían menos probables han resultado certeras.


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