Stalin
Stalin Estas líneas de introducción en mi defensa son tanto más necesarias cuanto que me aproximo a tratar un tema muy espinoso. He tratado de ofrecer una semblanza general de Stalin basada en la observación directa y en un minucioso estudio de su biografía. No niego que el retrato resultante es sombrío y hasta siniestro. Pero desafío a cualquiera que extraiga otra figura más humana de estos hechos que han escandalizado la imaginación de la Humanidad en el curso de estos últimos años: las depuraciones en masa, las inauditas acusaciones, los juicios fantásticos, el exterminio de toda una generación revolucionaria y, finalmente, las más recientes maniobras en el campo internacional. Ahora me dispongo a aducir unos pocos hechos bastante anómalos, guarnecidos de ciertas dudas y sospechas, de la historia de cómo un revolucionario provinciano se convirtió en dictador de un gran país. Estas dudas y sospechas no han llegado hasta mí plenamente desarrolladas. Han madurado lentamente, y cuando se me ocurrieron en otro tiempo, las apartaba a un lado como producto de una excesiva desconfianza. Pero los juicios de Moscú (que revelaron una infernal colmena de intrigas, falsificaciones, invenciones, envenenamientos subrepticios y asesinatos tras la figura del dictador del Kremlin) han proyectado una claridad siniestra sobre los años pasados. Comencé entonces a preguntarme con creciente insistencia: ¿Cuál fue la actuación efectiva de Stalin en la época de la muerte de Lenin? ¿No hizo algo el discípulo para acelerar la muerte de su maestro?