Stalin
Stalin Después de todo cuanto había sucedido en los meses precedentes, el testamento no pudo ser una sorpresa para Stalin. No obstante, lo tomo como una terrible afrenta. Cuando leyó por primera vez el texto (que Krupskaia le había transmitido para el próximo Congreso del Partido) en presencia de su secretario Mejlis, más tarde jefe político del Ejército Rojo, y del destacado político soviético Syrtsov, que ulteriormente ha desaparecido de la escena, prorrumpió a propósito de Lenin en un lenguaje tan soez que revelaba sus verdaderos sentimientos hacia su «maestro» en aquellos días. Bazhanov, otro antiguo secretario de Stalin, ha descrito la sesión del Comité Central en que Kamenev dio a conocer el testamento: «Una terrible turbación paralizó a todos los presentes. Stalin, sentado en los peldaños de la tribuna presidencial, se sentía insignificante y angustiado. Yo le observaba de cerca: a pesar de su aplomo y su calma aparente, se veía bien que estaba en juego su suerte...» Radek, que estaba junto a mí en aquella memorable sesión, se inclinó hacia mí para decirme: «Ahora no se atreverán a ir contra ti.» Pensaba al decir esto en los dos pasajes de la carta: uno, que me describía como «el hombre mejor dotado del actual Comité Central», y otro, que pedía la sustitución de Stalin a causa de su rudeza, su deslealtad y su propensión a abusar del poder. Yo repuse: «Al contrario, ahora tratarán de llegar al extremo, y además lo antes posible.» En realidad, el testamento no sólo no acertó a liquidar la lucha interna, que era el deseo de Lenin, sino que más bien la intensificó hasta la fiebre. Stalin no podía dudar ya de que el retorno de Lenin a la actividad supondría la muerte política del secretario general; e inversamente, que sólo la muerte de Lenin despejaría el camino a Stalin.