Stalin
Stalin Durante la segunda enfermedad de Lenin, hacia fines de febrero de 1923, en una reunión de los miembros del Politburó, Zinoviev, Kamenev y el autor de estas líneas, Stalin nos informó, antes de salir de la secretaría, que Lenin le había llamado de improviso pidiéndole un veneno. Lenin estaba desesperado por la pérdida del habla, consideraba su estado irremediable, preveía la proximidad de otro acceso y no tenía confianza en sus médicos, a quienes sin esfuerzo sorprendía en contradicciones. Su cerebro funcionaba perfectamente, y sufría de un modo intolerable. Yo pude seguir a diario el curso de su enfermedad por nuestro médico común, el doctor Guétier, que era también amigo de nuestra familia.
—¿Es posible, Fedor Alexandrovich, que esto sea el final? —le preguntábamos una y otra vez mi mujer y yo.
—No puede asegurarse. Vladimiro Ilich se restablecerá probablemente. Tiene una constitución sólida.
—¿Y sus facultades mentales?
—Fundamentalmente están intactas. Acaso algunas notas puedan perder algo de su pureza anterior, pero el virtuoso lo seguirá siendo.
Continuamos en esta esperanza. Pero ahora me encontraba de repente con la inesperada novedad de que Lenin, que parecía la auténtica encarnación del afán de vivir, trataba de envenenarse. ¡Qué mal se sentiría por dentro!