Stalin
Stalin Recuerdo cuán enigmático, extraordinario y fuera de tono con las circunstancias me pareció el semblante de Stalin. La petición que nos referÃa era trágica; y, sin embargo, en su cara, como en una máscara, se dibujaba una malsana sonrisa. No era cosa nueva para nosotros el desacuerdo entre la expresión de su rostro y sus palabras, pero aquella vez resultaba francamente insufrible. El horror del lance aumentaba por la reticencia de Stalin, que parecÃa reservarse su opinión sobre el deseo de Lenin como esperando a saber lo que los demás pensaban; ¿era su propósito captar los matices de nuestra reacción ante el caso, sin soltar prenda, o tenÃa ciertas ocultas ideas propias...? Veo ante mà al pálido y silencioso Kamenev, que amaba sinceramente a Lenin, y a Zinoviev, aturdido, como siempre en momentos difÃciles. ¿Estaban ellos enterados de la petición de Lenin desde antes de empezar la reunión, o se la habÃa reservado Stalin para sorprender a sus aliados del triunvirato a la vez que a mÃ?
—¡Naturalmente, no hay que pensar siquiera en hacerle caso! —exclamé—. Guétier no ha perdido la esperanza. Lenin puede restablecerse aún.
—Ya se lo he dicho —repuso Stalin, no sin un dejo de fastidio—. Pero no quiere atenerse a razones. El viejo está sufriendo. Dice que quiere tener un veneno a mano... para no usarlo sino cuando esté convencido de que su mal no tiene remedio.