Stalin
Stalin —De todos modos, no hay que pensar en ello —insistÃ, esta vez apoyado por Zinoviev, según creo—. Puede ceder a una tentación pasajera y hacer un disparate irrevocable.
—El viejo está sufriendo —repitió Stalin, mirando vagamente por encima de nosotros, y, como antes, procurando no comprometerse.
Seguramente pensaba en algo paralelo a la conversación, pero no en cabal consonancia con ella.
Es posible, desde luego, que los acontecimientos posteriores hayan influido en ciertos detalles de mis recuerdos, aunque, por regla general, he aprendido a confiar en mi memoria. De todos modos, este episodio es de los que dejan en la conciencia, para siempre, una huella indeleble. Además, al volver a casa se lo conté a mi mujer con todo detalle. Y desde entonces, siempre que mentalmente evoco aquella escena, no puedo menos de repetirme: la conducta de Stalin, toda su actitud era desconcertante y siniestra. ¿Qué es lo que quiere? ¿Y por qué no deja su careta esa insidiosa sonrisa...? No se votó nada, pues no se trataba de una conferencia formal, pero nos separamos con la implÃcita inteligencia de que no se podÃa pensar siquiera en facilitar un veneno a Lenin.