Stalin
Stalin Aquí surge naturalmente la cuestión: ¿Cómo y por qué Lenin, que a la sazón desconfiaba muchísimo de Stalin, hubo de dirigirse a éste con una petición que por su índole misma presuponía el grado sumo de confianza personal? Apenas un mes antes de hacerle este encargo, Lenin había escrito su despiadada posdata al testamento. Pocos días después de habérselo hecho, rompió con él toda relación personal. El mismo Stalin no podía menos de haberse planteado la pregunta de por qué se dirigía Lenin a él y no a otro cualquiera. La respuesta es fácil. Lenin veía en Stalin al único hombre que accedería a su trágica pretensión, por estar interesado en hacerlo. Con su infalible instinto, el enfermo se imaginaba lo que estaba ocurriendo en el Kremlin y fuera de sus paredes, y lo que realmente pensaba Stalin de él. Lenin no tenía necesidad de repasar la lista de sus camaradas para decirse que, salvo Stalin, ninguno de ellos le haría aquel «favor». Al mismo tiempo, es posible que tratara de probarle, de ver con qué celo era capaz de aprovecharse de aquella oportunidad el cocinero de los platos cargados de pimienta. En aquellos días no sólo pensaba en la muerte, sino también en el destino de Partido. El nervio revolucionario de Lenin fue indudablemente el único que se rindió a la ineluctable deidad.