Stalin
Stalin Para el propio Stalin no se trataba del curso general de los sucesos, sino de su propio destino; o se las arreglaba para convertirse aquel mismo día en señor de la máquina política, y en consecuencia del Partido y del país, o acabaría desempeñando un papel de tercer orden para el resto de su vida. Stalin iba tras el poder, íntegro, a costa de lo que fuese. Ya lo tenía casi en sus manos. La meta estaba próxima, pero el peligro que Lenin significaba ganaba aún más terreno. En aquel momento Stalin resolvió indudablemente que era hora de actuar sin dilación. Tenía en todas partes cómplices cuya suerte pendía de la suya propia. A su lado estaba el farmacéutico Yagoda. No sé de cierto si Stalin envió a Lenin el veneno con la insinuación de que los médicos habían perdido toda esperanza de que se curara, o si recurrió a métodos más directos; pero estoy convencido de que Stalin no hubiera podido aguardar pasivamente cuando su destino pendía de un hilo y la decisión no requería más que un levísimo ademán de su parte.