Stalin

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Poco tiempo después de mediados de enero de 1924, salí para Sujum, en el Cáucaso, con idea de librarme de una pertinaz y misteriosa infección, cuya índole sigue aún siendo un misterio para mis médicos: La noticia de la muerte de Lenin me pilló en el camino. Según una versión difundida, yo perdí autoridad por no haber estado presente en los funerales de Lenin. Esta explicación apenas puede tomarse en consideración. Pero el hecho de mi ausencia en las ceremonias fúnebres despertó en muchos de mis amigos serias sospechas. En la carta de mi hijo mayor, que por entonces tenía dieciocho años, había una nota de juvenil desencanto: ¡tenía que haber estado a cualquier precio! También eran ésas mis intenciones. El telegrama cifrado relativo a la muerte de Lenin nos encontró a mi mujer y a mí en la estación ferroviaria de Tiflis. Inmediatamente envié una nota en cifra por hilo directo al Kremlin: «Creo necesario mi regreso a Moscú. ¿Cuándo son los funerales?» La respuesta de Moscú tardó cosa de una hora. «Los funerales se celebrarán el sábado. No podrás volver a tiempo. El Politburó opina que, en vista de tu estado de salud, debes seguir hasta Sujum. Stalin.» No pensé que fuera pertinente solicitar que se aplazara la ceremonia por causa mía. Pero en Sujum, postrado entre sábanas en la galería de un sanatorio, me enteré de que el funeral se había aplazado hasta el domingo. Las circunstancias relacionadas con el primer señalamiento y la ulterior demora de la fecha del entierro son tan confusas que no pueden aclararse en unas líneas. Stalin maniobró, engañando no sólo a mí, a lo que parece, sino también a sus aliados del triunvirato. A diferencia de Zinoviev, que en todo consideraba el aspecto de su eficacia inmediata como agitación, Stalin se guiaba en sus arriesgadas maniobras por móviles no tangibles. Es posible que pensara en la posibilidad de que yo asociase el fallecimiento de Lenin con la conversación del año anterior a propósito del veneno, preguntase a los médicos si podía haber habido envenenamiento y solicitase una autopsia especial. Era, pues, mucho mejor en todos sentidos mantenerme lejos hasta que embalsamaran el cadáver, quemaran las vísceras y ya no fuese posible un examen ulterior inspirado en tales sospechas.


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