Stalin
Stalin Kalinin, que conocÃa demasiado bien lo sucedido últimamente, se negó al principio a reconocer como jefe a Stalin. Por mucho tiempo estuvo temeroso de unir su suerte a la de Stalin. «Ese caballo —solÃa decir a sus Ãntimos— acabará por meternos el carro en una zanja.» Pero, gradualmente, rezongando y resistiéndose, se volvió primero contra mÃ, luego contra Zinoviev, y, por último, con más repugnancia todavÃa, contra Rikov, Bujarin y Tomsky, con quienes estaba más estrechamente unido por sus opiniones moderadas. Yenukidze pasó por la misma evolución, siguiendo las huellas de Kalinin, aunque más en la sombra y, sin duda, con un sufrimiento interior más hondo. Por su propia Ãndole, ya que su principal caracterÃstica era la adaptabilidad, Yenukidze no pudo por menos de encontrarse a sà mismo en el campo de los termidóricos. Pero no era un arribista, ni menos un granuja. Fue duro para él romper con viejas tradiciones, y más duro volverse contra personas a quienes estaba habituado a respetar. En momentos crÃticos, Yenukidze no sólo no manifestó un entusiasmo agresivo, sino que, por el contrario, se lamentó, murmurando y resistiéndose. Stalin estaba bien enterado de ello, y previno a Yenukidze más de una vez. Yo lo supe prácticamente de primera mano. Aunque incluso en aquellos dÃas el sistema de denuncias habÃa envenenado ya no sólo la vida polÃtica, sino también las relaciones personales, todavÃa quedaban aquà y allá algunos oasis de confianza recÃproca. Yenukidze era muy amigo de Serebryakov, a pesar de la notoriedad de este último como dirigente de la oposición de izquierda, y no rara vez le hacÃa confidencias. «¿Qué más quiere [Stalin]? —se lamentaba Yenukidze—. Estoy haciendo todo lo que me pide, pero nada le basta. Pretende que reconozca que es un genio.»