Stalin

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No todos los jóvenes revolucionarios de la era zarista [eran héroes de leyenda]. También había entre ellos algunos que no se condujeron con el debido valor durante las indagaciones [de la policía secreta]. Si luego compensaban tal conducta portándose mejor, el Partido no los expulsaba irrevocablemente, sino que los admitía de nuevo en sus filas. En 1923, Stalin, como secretario general, comenzó a concentrar en sus manos pruebas de aquel censurable proceder, sirviéndose de ellas para intimidar a centenares de antiguos revolucionarios que habían redimido muy de sobra sus debilidades de otro tiempo. Amenazándoles con dar publicidad a su antiguo historial, sometió a aquella gente a una obediencia de esclavos, reduciéndolos poco a poco a un estado de completa desmoralización. [Los ligó a su persona para siempre obligándolos a desempeñar las tareas más sucias en sus maquinaciones contra la oposición.] Aquellos que se negaron a humillarse fueron triturados políticamente por la máquina o se vieron impelidos al suicidio. Así pereció uno de mis más próximos colaboradores, mi secretario particular Glazman, hombre de excepcional modestia y [de ejemplar] devoción al Partido, [muy templado y sensible, revolucionario de impecable honestidad. Se] suicidó ya en 1924. Su acto de desesperación produjo una impresión tan desfavorable que la Comisión Central de Control se vio obligada a exculparle después de muerto y a formular una censura (muy cauta y suave) a su propio órgano ejecutivo.


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