Stalin

Stalin

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En la primavera de 1924, después de uno de los plenos del Comité Central, al que no asistí por estar enfermo, dije a [I. N.] Smirnov: «Stalin se hará dictador de la U.R.S.S.» Smirnov conocía bien a Stalin. Habían compartido la labor revolucionaria y el destierro años enteros, y en tales condiciones, la gente llega a conocerse mejor que de ningún otro modo.

—¿Stalin? —me preguntó, asombrado—. ¡Pero si es una mediocridad, una nulidad incolora!

—Mediocridad, sí; nulidad, no —le contesté—. La dialéctica de la historia le ha enganchado y le elevará. Le necesitan todos: los fatigados radicales, los burócratas, los de la N.E.P., los kulaks, los advenedizos, los rastreros, todos los gusanos que surgen del revuelto suelo de la Revolución. Él sabe cómo tratarlos en su propio terreno, habla su lenguaje y conoce el modo de conducirlos. Tiene la merecida reputación de viejo revolucionario, que le hace inapreciable para ellos como visera para cubrir los ojos del país. Le sobra voluntad y audacia. No vacilará en utilizarlos y moverlos contra el Partido; ya ha comenzado a hacerlo. Ahora mismo está disponiendo en torno suyo a los solapados bribones del Partido, a los diestros trampistas. Como es natural, pueden producirse en Europa, en Asia y en nuestro país grandes acontecimientos que trastornen todos estos planes. Pero si todo continúa automáticamente como hasta aquí, Stalin se convertirá automáticamente en dictador.


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