Stalin
Stalin En vísperas de la [Primera] Guerra Mundial, hasta la carrera de Napoleón III parecía ya un fantástico eco del pasado. La democracia estaba firmemente asentada, al menos en Europa, Norteamérica y Australia. [Sus avances en los] países sudamericanos eran más instructivos [que serios]; hacía [progresos en Asia]; despertaba a los pueblos de África. La mecánica del constitucionalismo parecía ser el único método aceptable para la humanidad civilizada, el único sistema de gobierno. Y como la civilización continuaba creciendo y ensanchándose, el porvenir de la democracia parecía invencible.
Los acontecimientos de Rusia [al final de esa guerra] asestaron el primer golpe al concepto histórico. Al cabo de ocho meses de inercia y de caos democrático vino la dictadura de los bolcheviques. Pero aquello era, después de todo, un mero «episodio» de la Revolución, que se presentaba a modo de un producto del atraso de Rusia, de una reproducción en el siglo XX de aquellas convulsiones que sufrió Inglaterra a mediados del siglo XVII, y Francia a fines del XVIII. Lenin venía a ser un Cromwell o un Robespierre moscovita. Los nuevos fenómenos podían clasificarse, por lo menos, y eso ya servía de consuelo.