Stalin
Stalin [Vino luego aquella] «neurosis del sentido común» ([así define] Schmalhausen al fascismo), que [era un desafío a los historiadores]. No era fácil encontrar una analogía histórica para Mussolini, y, once años después, para Hitler. Había indistintos balbuceos de César, Sigfrido y... y Al Capone. [Pero decididamente carecían de sentido.] En países civilizados, democráticos, que habían pasado por una prolongada experiencia en el sistema representativo, se alzaban súbitamente al poder misteriosos desconocidos que en su juventud desempeñaron faenas casi tan modestas como las de un David o un Josué. No tenían en su haber proezas de heroísmo militar. No ofrecían al mundo ideas nuevas. Tras de ellos no se alzaba la sombra de un gran antecesor con sombrero tricorne. La loba romana no era la abuela de Mussolini, ni la esvástica el escudo de armas de Hitler, sino únicamente un símbolo robado a los egipcios y a los indios. El pensamiento liberal democrático [continuó] atónito y desamparado ante el misterio del fascismo. [Después de todo], ni Mussolini ni Hitler tenían aire de genios. ¿Cómo se explica, pues, su vertiginoso éxito?
[Ambos campeones del fascismo son representantes de] la pequeña burguesía, [que] en esta época es incapaz de aportar ideas originales o dirección creadora propias. Tanto Hitler como Mussolini han plagiado e imitado prácticamente todo y a todos.