Su moral y la nuestra
Su moral y la nuestra Hasta el momento de la ejecución de Tukhachevsky, de Iakir, etc., la gran burguesía de los países democráticos observó no sin satisfacción - aunque afectando cierta repugnancia-, el exterminio de revolucionarios en la U.R.S.S. En este sentido The Nation, The New Republic, para no hablar de los Duranty, Louis Fisher y otros prostituidos de la pluma, se adelantaban a los intereses del imperialismo "democrático". La ejecución de los generales perturbó a la burguesía, obligándola a comprender que la muy avanzada descomposición del aparato stalinista podría facilitar la tarea a Hitler, a Mussolini y al Mikado. El New York Times se puso a rectificar prudente, pero insistentemente la puntería de su Duranty. El Temps de París dejó filtrar en sus columnas un débil rayo de luz sobre la situación en la U.R.S.S. En cuanto a los moralistas y a los sicofantes pequeño-burgueses, jamás fueron más que auxiliares de las clases capitalistas. En fin, cuando la Comisión John Dewery formuló su veredicto, se hizo evidente a los ojos de todo hombre, por poco que piense, que continuar defendiendo abiertamente a la G.P.U era afrontar la muerte política y moral. Sólo a partir de ese momento fue cuando ios "amigos" decidieron invocar las verdades eternas de la moral; es decir, replegarse, atrincherándose en una segunda línea. Los stalinistas y semi-stalinistas atemorizados no ocupan el último sitio entre los moralistas. Eugene Lyons convivió alegremente durante varios años con la pandilla termidoriana, considerándose casi un bolchevique. Habiendo regañado con el Kremlin - poco nos importa saber por qué - Lyons de nuevo se encontró, naturalmente, en las nubes del idealismo. Listón Hoak gozaba, todavía muy recientemente, de tal crédito cerca de la Comintern, que se le encargó dirigir la propaganda republicana de lengua inglesa en España, Cuando renunció a su cargo, no tuvo el menor empacho, claro está, en renunciar también a su abecedario de marxismo. Walter Krivitsky, habiéndose rehusado a volver a la U.R.S.S. y habiendo roto con la G.P.U., pasó inmediatamente a la democracia burguesa. Parece también que esa es la metamorfosis del septuagenario Charles Rappoport. Una vez echado el stalinismo por la borda, las gentes de esta clase - y son numerosas-, no pueden abstenerse de buscar en los argumentos de la moral abstracta una compensación a la decepción y al envilecimiento ideológico por que han atravesado. Preguntadles por qué pasaron de la Comintern o de la G.P.U. al campo de la burguesía. Su respuesta está pronta: "El trotskysmo no vale más que el stalinismo".