El caballero de la carreta
El caballero de la carreta No cabe duda de que lo narrado en los mil últimos versos, a más de la distancia expresiva y de calidades —notable, por cierto— entre Chrétien y Godefroi, presentan una cadena de episodios mucho menos sugestivos que los precedentes. Son necesarios, sÃ, desde el punto de vista convencional del relato, pero no dejan de ser pálidos reflejos ante la espléndida primera parte (zona de queste e iniciación) y ante ciertos pasajes de la segunda, como la noche de amor o la reunión festiva y bélica de Noauz. Quizá Chrétien dejase en manos de su discÃpulo la redacción de esta parte final, más ingrata desde una perspectiva estética, y asà surgió a los ojos de la posteridad ese nombre, Godefroi de Leigni, y esa imagen borrosa de clérigo-poeta que hoy es inevitable a la hora de coleccionar imágenes eruditas del primer Lancelot. El estilo, sin duda, pierde en intensidad y se nos antoja un tanto desmañado: son los riesgos del taller, en pintura como en literatura[37].
