El caballero de la carreta
El caballero de la carreta La doncella que consigo llevaba el guardián del vado ha escuchado y oído las amenazas. Con gran espanto le suplica que, por ella, lo perdone y no lo mate. El otro contesta que no puede, en verdad, perdonarlo, porque le ha infligido gran afrenta.
Luego va sobre él con la espada desnuda. El caído le dice, despavorido:
«¡Por Dios y por mí, conceded la gracia que ella y yo os suplicamos!
»—Pongo a Dios por testigo —responde él— [900]que nadie, por mucho mal que me hiciera, si me suplicó gracia por Dios, hay al que en nombre de Dios no lo haya perdonado una vez. Y así lo haré contigo, pues no te lo debo rehusar, cuando así me lo has suplicado. Pero, aun así, te comprometerás a entregarte como prisionero, donde yo quiera, cuando te lo reclame».
El vencido lo otorgó con gran pesadumbre.
La doncella intervino entonces:
«Caballero, por tu liberalidad, ya que él te pidió gracia y tú se la has concedido; si alguna vez liberaste a un prisionero, deja a éste libre. Concédeme salvarlo de su cautividad; con la promesa de que a su debido tiempo te devolveré tal galardón, cuando te convenga, según mi poder».