El caballero de la carreta

El caballero de la carreta

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Después el de la carreta retrocede y desmonta, porque pensaba que cien enemigos como aquél podría derribar y perseguir. De su vaina desenfunda la espada de acero. El otro se pone en pie y desenvaina la suya, buena y con destellos. Se entreatacan cuerpo a cuerpo. Por delante ponen los escudos, donde reluce el oro, y con ellos se cubren. Las espadas realizan un duro trabajo, sin conclusión ni reposo, y muy fieros golpes se asestan uno a otro. La batalla tanto se prolonga que el caballero de la carreta se avergüenza de corazón, al pensar que mal llevará a cabo la tarea de la aventura emprendida, cuando tan largo espacio emplea en vencer a un solo caballero… ¡Si ayer, piensa él, no habría encontrado en valle alguno cien tales que hubieran podido resistirle! Así está muy dolido y airado, por haber empeorado hasta tal punto, que yerra sus golpes y en vano consume su jornada. Entonces arrecia su embestida, y tanto lo asedia que el otro ya cede y retrocede. Desampara y le deja libre el vado y el paso, muy a su pesar. Pero él lo persigue de todas formas, hasta que le derriba de bruces.

El viajero de la carreta avanza sobre él entonces, y le recuerda que bien puede ver cuán desdichado fue al derribarlo en el vado y sacarlo de su ensimismado pensar.



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