El caballero de la carreta
El caballero de la carreta Luego se levanta. El caballero en absoluto se apena; antes bien la deja marcharse a gusto, como quien ama por entero a otra. Claramente lo comprende la doncella por la muestra. Así que se ha retirado a su cámara donde se acuesta sin camisa, al tiempo que se dice a sí misma:
«Desde que por vez primera conocí a un caballero, no he conocido a uno solo, a excepción de éste, que valiera la tercera parte de un doblón angevino. Seguro que, como pienso y sospecho, quiere intentar una tan gran empresa tan peligrosa y fiera que no osó emprender ningún otro caballero. ¡Qué Dios le permita llegar hasta el final!». En seguida se adormeció y durmió hasta que apareció el claro día.
Al rayar el alba, presurosa se levanta. Tan pronto se despierta el caballero, se apresta y reviste su arnés sin más ayuda. Así que cuándo se le presenta la doncella lo encuentra ya equipado.
—Buen día os dé Dios hoy —dice ella al verle.
«¡Y a vos, doncella, así sea!», dice él a su vez. Y agrega que se le hace tarde; que saquen su caballo de los establos. Ella dio órdenes de que se lo trajeran, y dice: