El caballero de la carreta
El caballero de la carreta Ella le da conversación; pero él no presta atención a su charla. Más bien rehúsa el diálogo. Le gusta meditar; hablar le enoja.
Amor muy a menudo le reabre la herida que le ha causado. Jamás le aplicó vendajes para curar ni sanar. No tiene intención ni deseos de buscar emplastos ni médicos, a menos que su herida no empeore. Pero aún eso lo incitaría más y más.
Marcharon por sendas y senderos, siguiendo el camino más recto, hasta que llegaron a la vista de una fuente.
La fuente estaba en medio de un prado, y a su lado había un bloque de piedra. En[1350] la roca vecina había olvidado no sé quién un peine de marfil dorado. Jamás, desde los tiempos del gigante Isoré no había visto uno tan bello hombre cuerdo ni loco. Y en el peine había dejado medio puñado de cabellos la que se había peinado con él.
Cuando la doncella atisbo la fuente y vio la escalerilla no quiso que el caballero los apercibiera e intentó desviarse por otro camino. Él, que iba deleitándose y saciado con su meditación muy a placer, no se dio cuenta al momento de que ella se salía del camino. Pero cuando lo notó, temió que se tratara de algún engaño, que la joven se apartaba y se salía del camino para esquivar algún peligro.