El caballero de la carreta
El caballero de la carreta Como él está de acuerdo en concederle el peine, se lo da; pero retira los cabellos de modo tan suave que no se quiebra ninguno. Jamás ojos humanos verán honrar con tal ardor ninguna otra cosa. Empieza por adorarlos. Cien mil veces los acaricia y los lleva a sus ojos, a su boca, a su frente, y a su rostro. No hay mimo que no les haga. Por ellos se considera muy rico, y por ellos alegre también. En su pecho, junto al corazón, los alberga, entre su camisa y su piel. No preciará tanto un carro cargado de esmeraldas y de carbunclos. No temÃa ya el ataque de una úlcera u otras enfermedades. Desdeña el diamargaritón, el elixir contra la pleuresÃa y la triaca medicinal. Desprecia a san MartÃn y a Santiago. Pues tanto confÃa en aquellos cabellos que no piensa necesitar de la ayuda de los santos. ¿Pues qué valÃan los tales cabellos? Por mentiroso y loco se me tendrá si digo la verdad. Ni por la fiesta mayor de san Denis y todo su mercado de un dÃa rebosante hubiérase decidido el caballero, a cambio de aquellos cabellos del hallazgo; y es la pura verdad. Y si me requerÃs la verdad, el oro cien veces depurado y otras cien pulido luego, es más oscuro que la noche frente al dÃa más bello de este verano, en comparación con aquellos cabellos para quien los confrontara. ¿Y para qué voy a alargar la descripción?