Del album de un cazador

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—Bien, agradéceselo a tu buena estrella —respondió el terrateniente—. Chicos, soltadlo. ¡Aquí tenéis veinte kópeks para un trago!

—Gracias señor, gracias. Lléveselo, por favor.

Lejeune fue colocado en el trineo. Suspiró con alivio, lloró de dicha, tembló, les hizo una profunda reverencia a todos, y mostró su agradecimiento al terrateniente, el cochero y los campesinos. Solo llevaba puesto un jersey verde con lacitos rosas y estaba helado hasta los huesos. El terrateniente le echó una mirada silenciosa a sus extremidades azules y moradas, y envolvió al desafortunado individuo en su propio abrigo de pieles para llevárselo a casa. Toda la familia corrió a su encuentro. El francés entró en calor con rapidez, y fue alimentado y vestido. El terrateniente lo llevó a sus hijas.

—Aquí tenéis, hijas —les dijo—, os he encontrado un maestro. No hacíais más que decirme cuánto queríais aprender música y el dialecto francés. Bueno, pues aquí tenéis un francés que toca el pianoforte… Bien, musié —continuó, señalando un pequeño piano que había comprado cinco años atrás a un judío, que, en todo caso, era un vendedor ambulante de ungüentos— muéstranos lo que sabes, ¡zhué!

Lejeune se sentó en la silla con el corazón encogido, porque no había tocado un piano en su vida.

—¡Zhué, zhué! —repitió el terrateniente.


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