Del album de un cazador
Del album de un cazador El pobre tipo, desesperado, rozó las teclas, como si golpeara un tambor, y tocó lo primero que le vino a la cabeza. «Pensé», solía contar años después, «que mi salvador me agarraría por el cuello y me echaría de la casa». Pero, para gran sorpresa del fortuito improvisador, el terrateniente le dio golpecitos de aprecio al poco rato sobre el hombro:
—Bien, bien —decía—. Veo que sabe lo que hay que hacer. Ahora vaya a descansar.
Dos semanas después, Lejeune se trasladó de este terrateniente a otro, un hombre muy rico con gran educación, del que se encariñó por su carácter dichoso y afable, se casó con su pupila, entró en el servicio burocrático, se convirtió en noble y caballero, casó a su hija con un terrateniente de Oriol llamado Lobyzániev, un oficial de los dragones, retirado y poeta amateur, y él mismo se estableció en Oriol.
Era este mismo Lejeune, o, como se lo conocía, Frants Ivánich, quien entró en la salita de Ovsiánikov, quien tenía con él una relación de amistad.
Pero es posible que el lector se haya cansado de estar sentado aquí conmigo y el granjero Ovsiánikov, así que guardaré un elocuente silencio.