Del album de un cazador

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—Un poquito, algo de aceite por ahí, algo de brea por allá… ¿Qué me dices, señor, pido que te preparen el carro?

«Estás muy seguro de tus propias opiniones, y sabes controlar la lengua», me dije.

—No —dije en voz alta—. No necesito el carro. Pienso continuar cazando por esta zona mañana, y, si me lo permites, me gustaría pasar la noche en tu granero.

—Encantado. ¿Estás seguro de que estarás bien en el granero? Le diré a las mujeres que te preparen una sábana y una almohada. ¡Eh, muchachas, venid! —gritó, poniéndose de pie—. Y tú, Fedia, ve con ellas. Las mujeres son tontas.

Un cuarto de hora más tarde, Fedia me mostraba con su farol el camino al granero. Me eché sobre el heno aromático, y mi perro se enroscó a mis pies; Fedia me deseó buenas noches, la puerta crujió y se cerró de golpe. Tardé en dormirme. Una vaca se acercó hasta la puerta y resopló una o dos veces; el perro emitió un quejido de herida dignidad; un cerdo se paseó por las inmediaciones, gruñendo a su manera preocupado; un caballo que estaba cerca comenzó a mascar heno y a resoplar… Al cabo me dormí.


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